miércoles, 31 de marzo de 2010

Dónde...

¿Dónde están las cadenas que me apresan el alma?
No puedo ver qué me ata pero siento ese nudo que me obliga a bracear en lo oscuro, como decía Alberti, que me impide llegar a mi destino esté donde esté.
Un día adviertes que las sábanas te atrapan, que las piernas no responden, que no puedes correr y que aún el sueño no ha dejado paso a la razón.
Adviertes que se ha parado el reloj en una imagen y no es la que ves desde tu ventana.
¿Dónde están los minutos que se me han perdido?
Quizás cuando consiga levantar este cuerpo que pesa, curiosamente como dos, llegue a encontrarlos.
He mirado de reojo y he visto el abismo que me separa del suelo.
La inmovilidad ya es absoluta: primero el miedo, después las cadenas...
Primero el viento, después la lluvia.
Puedo acertar a ver mis manos, parte de mis brazos cubiertos con un nombre que aún no consigo descifrar. Quizás Fando, quizás el tuyo...
La cordura hace acto de presencia y se disipa la niebla de la mañana,
fuiste tú quien me detuvo, ahora lo recuerdo,
fueron tus cartas grandes, tus canciones sobre absurdas plumas, tus ademanes de niño desvalido, tus maneras de infante consentido.
Has sido tú con mi permiso quien ha tatuado mi piel de parte a parte,
tú y mi santo permiso, aliados contra mí misma,
tú y mi teoría del cambio, batallando sin reparos y firmando una y otra vez, la paz que no llega.
Fando, Lis, yo, tú... nosotros, vosotros o ellos, ¡qué más!
la misma persona en distintos cuerpos.
No es Fando la mitad platoniana de Lis pero ya está remendada a su cuerpo con hilos de fuego.
¿Dónde hallaré mi ciudad perdida? ¿Dónde encontraré el camino que ha de llevarme a Tar?

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